martes, 3 de julio de 2012


Cierta sonrisa sombría estudiantil.
Por Rodolfo Cruz Bustos
Llegó al estudio de un profesor universitario con una sonrisa  sombría, resultado de un día agotador: haber participado como presidente de casilla, pues el seleccionado en el proceso implementado por las autoridades del IFE se presentó tarde y con aliento alcohólico. Correspondió al escrutador tomar las funciones de presidente, en este caso Blanca Imelda, estudiante a punto de terminar sus estudios de licenciatura. Después del conteo en la casilla  que había terminado a las 8:00 de la noche, había llegado a casa a ver el programa de resultados preliminares a través de la página de internet.  Su interés por los resultados le había hecho quedarse despierta hasta las dos de la madrugada, ya que fue capturada la última casilla. Sabiendo el resultado final: el candidato del PRI por el que votó resultaba triunfador por 36 votos, fue a dormir. Hoy llegaba a revisión de resultados de un curso en la carrera que terminaba, preocupada por no haber entregado los avances de un trabajo con el que habría de aprobar.
¡Ya estoy aquí! –le dijo al profesor que la observaba  sorprendido por esa llegada intempestiva y agitada- ¡Qué me falta! Toma asiento, vienes agitada –balbuceó el profesor casi sonriente, casi feliz, aunque inmóvil. Hoy el gesto de su alumna lo había impresionado a tal grado de pensar en cuán vulnerable se vuelve un estudiante cuando está en situación crítica, avizorando su futuro profesional; en este caso concluir una licenciatura y aprobar un curso que se antojaba “duro”. ¿Qué me traes? Necesito las partes finales de tu investigación. Ya le traigo todo, contestó ella.  Así me gusta, se escuchó. Bueno, vamos a empezar por partes. De esa manera empezaba a hojear el trabajo e iba haciendo anotaciones, a veces ilegibles, por el bic  que chorreaba tinta. Sentada frente al escritorio  lleno de libros, revistas, folders y trabajos engargolados, Blanca Imelda miraba angustiada y cuestionaba: ¿Le voy a entender a eso?  Tuvo que levantarse, inclinarse sobre el escritorio  y asomar su rostro cerca del trabajo. Fue entonces cuando también se asomaron de su playera juvenil, las puntas de sus pezones, de un brasier poco ajustado, dejándolos ver pequeños y tiernos. El profesor conmocionado por esa visión instantánea mantuvo fija la mirada al trabajo y no quiso dejar que le ganara el instinto. Oye, vente aquí, en esa posición estás incomoda para ver las anotaciones. Blanca Imelda colocó entonces una silla a su lado y pudo atender de manera más cómoda lo que el profesor le decía y anotaba en su texto.
La revisión transcurrió normalmente. “Estos datos van en el capítulo de resultados”. “La bibliografía se ordena alfabéticamente”. “Si profesor”. Bueno, ya terminamos. Oiga, ¿qué calificación me va a poner? ¿Cuál estará bien? No sé, usted me dijo que me iba a poner un 10. Bueno, está bien, 10. El profesor quiso voltear a ver a Blanca Imelda, pero sólo imaginó su rostro, ese que había contemplado por cuatro años de estudio en la licenciatura. Un rostro juvenil, siempre hermoso como los rostros jóvenes para un profesor que cruzaba los cincuenta años. Intentó nuevamente voltear a verla cuando ella decía: “No me esté cuenteando, me pone mi 10”, pero sólo alcanzó a imaginar ese cuerpo delgado que se aparecía totalmente deseable cuando era transportado por unos zapatos de tacón alto. Recordó cierta noche en Playa del Carmen cuando encontró a una chica camino al próximo table dance, con su atuendo brillante y justo, sus zapatillas altas y plateadas, visibles aun sin la luz da la luna.
“En el otro parcial me puso un 7, no se vale”, Blanca Imelda fue interrumpida entonces por el profesor: “Bueno, vas a tener tu calificación. Mi único interés es que tengas un desempeño eficiente como profesionista, ponle mucho esfuerzo a lo que hagas en tu carrera, sé honesta, no te comportes como ciertos ciudadanos corruptos”. “Sí profesor, claro que así lo haré”. El profesor extendió su mano y entregó un cálido apretón a la mano de su alumna. Ella correspondió dejando transcurrir más segundos de los permitidos. Después abandonó el estudio, quedando en él un profesor cavilando sobre lo frágil que está la cuerda en que se sostienen los valores y el comportamiento humano. La universidad estaba vacía como siempre al final de las clases. Sin  testigos, pero fue la certeza de evitar el desgaste emocional y la imagen de honorabilidad que siempre lo había distinguido, lo que lo llevó a contener aquel instinto que había despertado esa sonrisa sombría por el desvelo y el cansancio de una jornada electoral decepcionante para aquellos que pensaron que ahora sí el dinero para comprar votos y el cinismo no se impondrían; que tenía  exhausta no sólo a Blanca Imelda, ni a los perdedores, sino a la sociedad mexicana entera.  Llegaron entonces otros tres estudiantes, a entregar  los trabajos faltantes…y transcurrió la jornada de un profesor universitario. 

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