Cierta sonrisa sombría estudiantil.
Por Rodolfo Cruz Bustos
Llegó al estudio de un profesor
universitario con una sonrisa sombría,
resultado de un día agotador: haber participado como presidente de casilla,
pues el seleccionado en el proceso implementado por las autoridades del IFE se
presentó tarde y con aliento alcohólico. Correspondió al escrutador tomar las
funciones de presidente, en este caso Blanca Imelda, estudiante a punto de
terminar sus estudios de licenciatura. Después del conteo en la casilla que había terminado a las 8:00 de la noche,
había llegado a casa a ver el programa de resultados preliminares a través de
la página de internet. Su interés por
los resultados le había hecho quedarse despierta hasta las dos de la madrugada,
ya que fue capturada la última casilla. Sabiendo el resultado final: el
candidato del PRI por el que votó resultaba triunfador por 36 votos, fue a
dormir. Hoy llegaba a revisión de resultados de un curso en la carrera que
terminaba, preocupada por no haber entregado los avances de un trabajo con el
que habría de aprobar.
¡Ya estoy aquí! –le dijo al
profesor que la observaba sorprendido
por esa llegada intempestiva y agitada- ¡Qué me falta! Toma asiento, vienes
agitada –balbuceó el profesor casi sonriente, casi feliz, aunque inmóvil. Hoy
el gesto de su alumna lo había impresionado a tal grado de pensar en cuán
vulnerable se vuelve un estudiante cuando está en situación crítica, avizorando
su futuro profesional; en este caso concluir una licenciatura y aprobar un
curso que se antojaba “duro”. ¿Qué me traes? Necesito las partes finales de tu investigación.
Ya le traigo todo, contestó ella. Así me
gusta, se escuchó. Bueno, vamos a empezar por partes. De esa manera empezaba a
hojear el trabajo e iba haciendo anotaciones, a veces ilegibles, por el bic que chorreaba tinta. Sentada frente al
escritorio lleno de libros, revistas, folders
y trabajos engargolados, Blanca Imelda miraba angustiada y cuestionaba: ¿Le voy
a entender a eso? Tuvo que levantarse,
inclinarse sobre el escritorio y asomar
su rostro cerca del trabajo. Fue entonces cuando también se asomaron de su
playera juvenil, las puntas de sus pezones, de un brasier poco ajustado,
dejándolos ver pequeños y tiernos. El profesor conmocionado por esa visión
instantánea mantuvo fija la mirada al trabajo y no quiso dejar que le ganara el
instinto. Oye, vente aquí, en esa posición estás incomoda para ver las
anotaciones. Blanca Imelda colocó entonces una silla a su lado y pudo atender de
manera más cómoda lo que el profesor le decía y anotaba en su texto.
La revisión transcurrió
normalmente. “Estos datos van en el capítulo de resultados”. “La bibliografía
se ordena alfabéticamente”. “Si profesor”. Bueno, ya terminamos. Oiga, ¿qué
calificación me va a poner? ¿Cuál estará bien? No sé, usted me dijo que me iba
a poner un 10. Bueno, está bien, 10. El profesor quiso voltear a ver a Blanca
Imelda, pero sólo imaginó su rostro, ese que había contemplado por cuatro años
de estudio en la licenciatura. Un rostro juvenil, siempre hermoso como los
rostros jóvenes para un profesor que cruzaba los cincuenta años. Intentó
nuevamente voltear a verla cuando ella decía: “No me esté cuenteando, me pone
mi 10”, pero sólo alcanzó a imaginar ese cuerpo delgado que se aparecía
totalmente deseable cuando era transportado por unos zapatos de tacón alto. Recordó
cierta noche en Playa del Carmen cuando encontró a una chica camino al próximo table dance, con su atuendo brillante y
justo, sus zapatillas altas y plateadas, visibles aun sin la luz da la luna.
“En el otro parcial me puso un 7,
no se vale”, Blanca Imelda fue interrumpida entonces por el profesor: “Bueno, vas
a tener tu calificación. Mi único interés es que tengas un desempeño eficiente
como profesionista, ponle mucho esfuerzo a lo que hagas en tu carrera, sé
honesta, no te comportes como ciertos ciudadanos corruptos”. “Sí profesor,
claro que así lo haré”. El profesor extendió su mano y entregó un cálido
apretón a la mano de su alumna. Ella correspondió dejando transcurrir más
segundos de los permitidos. Después abandonó el estudio, quedando en él un
profesor cavilando sobre lo frágil que está la cuerda en que se sostienen los
valores y el comportamiento humano. La universidad estaba vacía como siempre al
final de las clases. Sin testigos, pero
fue la certeza de evitar el desgaste emocional y la imagen de honorabilidad que
siempre lo había distinguido, lo que lo llevó a contener aquel instinto que
había despertado esa sonrisa sombría por el desvelo y el cansancio de una
jornada electoral decepcionante para aquellos que pensaron que ahora sí el
dinero para comprar votos y el cinismo no se impondrían; que tenía exhausta no sólo a Blanca Imelda, ni a los
perdedores, sino a la sociedad mexicana entera. Llegaron entonces otros tres estudiantes, a
entregar los trabajos faltantes…y
transcurrió la jornada de un profesor universitario.
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