¿Existe el grado cero de la escritura? Le pregunto a Roland Barthes. No me da la respuesta, nunca entendí su libro que leí empujado por mis obsesiones sobre la lengua, cuando apenas empezaba a escribir un ensayo: La lectoescritura en el primer grado. ¿Aprendizaje mecanicista o aprendizaje espontáneo? De eso ya hace veinte años, cuando me titulaba como licenciado en educación por la Universidad Pedagógica Nacional. En su libro, Barthes se preguntó qué es la escritura, pero tampoco aprendí nada de eso, por lo que aquí sólo apunto estas notas y digo algo sobre ella.
Si nos planteamos escribir es porque necesitamos hacerlo. Concibo a la escritura como el máximo espacio de la expresión de la intimidad humana. Expresa como el fotógrafo sus imágenes: grandes colecciones que muestran un mundo asombroso, brillante, tétrico, especial, incomparable y lejano. Escenas de un presente que queremos conservar; de un pasado que llegó hasta nuestros días gracias a la inteligencia y sensibilidad con que se captaron las caras, los paisajes naturales y urbanos, los acontecimientos. Por este presente y ese pasado que es difícil conservar, conviene echar la pluma a vuelo y escribir las historias que se necesita leer, que simplemente se imagina que son necesarias.
La escritura no hace más que manifestar el pensamiento, no entrega más que voces que desean ser escuchadas; y, expresiones que ni siquiera se imaginaron lo que escribirían, quizá para leerme cada tarde de martes y viernes que sale a la venta El Monitor. Porque es seguro que el más interesado en leer lo que se publica es el propio autor del texto. El lector ocasional con el tiempo se da cuenta de quién escribe, pero no es tan importante sino lo atrapa en sus intereses, necesidades formativas, informativas, emociones, sensaciones…
Leemos lo escrito porque queremos aprender o simplemente queremos estar atentos de que no se diga nada que pueda denigrar el imaginario social al que aspiramos cada uno. Ahí está la utilidad de la escritura: En la aspiración de un mejor mundo, en el ideal. Pero también es el placer el que nos llama a escribir. ¿Qué quiero decir? ¿Qué importa lo que digo, si lo que importa es lo que siento al momento de escribir? ¿Qué sabor, qué olor tiene el texto? A veces ganas de saber qué diré. Otras veces, franca duda de que habré de escribir algo significativo, sin embargo escribo, escribiré.
La escritura a veces navega contracorriente, pero siempre es el cauce de un río a un océano lleno de palabras. Es la puerta a una ciudad de calles de palabras distintas y de significados inimaginables. La brisa de una playa de arenas blancas, de aguas cristalinas y veleros deambulantes. Explorador de una selva que sólo esconde placeres y tesoros de piratas perdidos en sus ambiciones. Qué bosque no está lleno de árboles, que también busca la escritura, contemplación de la intensidad de los colores: el verde sobre todo, el negro siempre lleno de noches, el blanco inconfundible cada amanecer. La intensidad de los ruidos, de su vida, donde la nada es apenas una imagen imperceptible.
Pero la escritura es la creación de todo eso que apenas sería si los grandes escritores no nos hubieran regalado con sus libros esos mundos permanentemente ocultos hasta que levantamos la solapa, los abrimos y nos entregan su gozo inmenso con la lectura placida en las tardes de veranos con briznas y vientos cálidos.
Por eso escribir hace descansar el alma, porque la engrandece con la emoción de saber que se busca el más grande relato y se entrega apenas un sencillo texto. Pero la sencillez sería apenas la salvación ante este escenario atroz que derrama mentiras a cada instante y que finca repúblicas de oropel en cada discurso. Por eso buscaré con la escritura, la sencillez de un mundo posible, la simpleza de la dignidad humana y la complejidad de vivir los instantes como un presente interminable.
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